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Gramática parda

La expresión gramática parda significa ‘habilidad o capacidad para desenvolverse en la vida o situaciones complicadas, sin necesidad de tener cultura o conocimientos teóricos’; Este es el significado que recogen casi todos los diccionarios para las construcciones “tener o saber [mucha] gramática parda”. En épocas turbulentas y de crisis siempre es conveniente manejarse un poco con la gramática parda.
Otro sentido, aún no recogido en los diccionarios, equivale peyorativamente a ‘desviación o incorrección lingüística’.

En el primer caso, gramática equivale a sabiduría, astucia, picardía y parda alude a la falta de cultura, pulimento o refinamiento.
El origen de la expresión no está claro. Podemos partir de un sentido irónico (cfr. saber latín) de la antigua acepción de gramática como ‘estudio y conocimiento del latín’, fuera de las posibilidades de quienes pertenecían a las clases más bajas de la sociedad, que solían vestir ropas de color pardo. De ahí que la sabiduría y habilidad de los incultos, para triunfar en la vida viniera en llamarse gramática parda.
No obstante, creemos que la principal motivación para calificar de parda a esta sabiduría aprendida sin estudiar no debe centrarse en el color de la ropa de los pobres. Debieron de primar las connotaciones del adjetivo pardo, que se aplica a un color indefinido (‘intermedio entre blanco y negro, con tinte rojo amarillento, y más oscuro que el gris’ [DRAE, 2001]) y a lo que es confuso o falto de claridad.
Todo lo que es indefinido o confuso por no estar sometido a un criterio estable es susceptible de ser interpretado o aprovechado en beneficio propio, como hace quien sabe gramática parda. Lo pardo, situado entre lo blanco (con sus connotaciones de inocencia y bondad) y lo negro (con las connotaciones de culpabilidad y maldad), genera desconfianza: “de noche, todos los gatos son pardos”.
Si quisiéramos insistir en la relación con la ropa de la gente del pardillo, no deberíamos considerar solo su color, sino advertir que era ‘sin tinte’. Como una de las acepciones figuradas de tinte es ‘artificio mañoso’, la gramática parda sería una ‘sabiduría sin artificios’.
Suele considerarse que la expresión tiene sentido peyorativo (DRAE 1984; Dicc. Salamanca v.2013), porque, aparte de los prejuicios clasistas, se incide en el sentido de la astucia como habilidad para engañar y sacar provecho de la situación:
“Tú eres más pillo que bonito, y a tener gramática parda no hay quien te gane. No me extraña que me hayas engañado.” (Ángel Ganivet, Los trabajos del infatigable creador Pío Cid, 1898)
“Juana Teresa es muy lista, maestra en gramática parda, en marrullerías plebeyas”. (B. Pérez Galdós, La estafeta romántica, 1899)
“[Franco se amparaba] en el nombre de los caídos para meter de matute su propia gramática parda y desactivar cualquier ideología que le pudiera hacer competencia”. (C. Martín Gaite, Usos amorosos de la posguerra española, 1987)
Pero no debe olvidarse que también es conveniente para no dejarse engañar:
“…pues olfateando por todas partes abusos y desórdenes, no conseguía nunca, por su carencia de malicia y de gramática parda, poner el dedo sobre ellos y remediarlos.“ (E. Pardo Bazán, Los pazos de Ulloa, 1886)
“…aquel viejo principio de la gramática parda que asegura la conveniencia de pensar mal para acertar, […].” (Eduardo González Ruiz, La misión del ejército en la sociedad contemporánea, 1977)
Para escapar en situaciones comprometidas:
“En Villar del Duque, el alcalde, un usurero ricachón con mucha gramática parda, salvó la vida declarándose conforme con el reparto de bienes”. (Valle-Inclán, La corte de los milagros, 1927)
“¡Qué bien toreaba el Merluzo a los grullos! Los empapaba en el capote de sus palabras y los dominaba con los embelecos de su gramática parda.” (A. Díaz-Cañavate, Paseíllo por el planeta de los toros, 1970)
Y para conseguir beneficios que en principio están vedados a quien carece de estudios:
“Llegado a Madrid, su primera diligencia era entregar las cartas del vicario […] o el regalito del administrador; con lo cual y sus sucesivas visitas al paisano funcionario o al pariente mercader, entregábase nuestro neófito a las primeras pruebas de su curso social, de este curso que el vulgo maligno se placía en designar con el título expresivo de gramática parda; que los rígidos censores apellidaban falsa mónita, y que daba en fin al que sabía aprovecharlo el apreciado título de mozo de provecho.” (Mesonero Romanos, Escenas y tipos matritenses, 1842)
José María Sbarbi (especialista en refranes y modismos, 1834-1910), elogió, por ello, la gramática parda de los labriegos “que vale más que la que yo aprendí y estoy enseñando” y la valoraba como sustituto de la erudición al preguntarse: “¿Quién le ha dicho a quién, que para desempeñar altos puestos, siquiera honoríficos, siquiera lucrativos, no basta las más de las veces con sólo saber… Gramática parda? (El averiguador universal, 1879).

Expresiones equivalentes a gramática parda son lógica o filosofía parda, saber latín(locución coloquial que significa ‘ser muy astuto, agudo o hábil para engañar o evitar el engaño o para lograr cualquier fin’) y tener mano izquierda o mundología (‘experiencia y habilidad para gobernarse en la vida’).

En los últimos años, no sabemos si por desconocimiento, mala interpretación o juego de palabras, se encuentra la expresión gramática parda con el sentido de ‘incorrección gramatical’ o ‘desviación lingüística respecto a la norma académica’:
“Han sido precisamente los académicos los que […] han recogido y han elevado a categoría de corrección lingüística, lo que era hasta entonces gramática parda.” (Diego Armario, Gramática parda 11-dic-2009 [Consulta: abril 2013])
GRAMÁTICA PARDA: Estas son las «académicas» normas que rigen los mensajes SMS …” (Artículo en el ABC del 3 de mayo del 2003 [Consulta: abril 2013], en el que se enumeran recursos para escribir de forma abreviada: omisión de la h, de los acentos y vocales en palabras frecuentes, reducción de expresiones a las iniciales de sus palabras, etc.)
Este nuevo significado, en el que gramática pierde su sentido irónico no lo recogen los diccionarios aunque es frecuente en textos periodísticos.

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Arregostarse. Significado y usos.

¿Qué significa arregostarse? Según la última edición del DRAE, significa ‘engolosinarse, aficionarse a algo’ y es un verbo pronominal.
Pero esta definición nos parece demasiado genérica y no recoge matices que se aprecian en la mayoría de los ejemplos encontrados.
Arregostarse generalmente implica ‘malacostumbrarse’, habituarse, acomodarse a un beneficio o favor del que es difícil prescindir, y percibido como inconveniente por quien habla. Es frecuente que el provecho se obtenga a costa de otra persona, de cuyo primer favor se abusa hasta convertírselo en una obligación o carga.

Por esto, suele ser peyorativo y aparecer en advertencias (“No te arregostes a que yo resuelva tus problemas / a llegar tarde todos los días / a que te invite…”) o en frases que implican censura o queja (“Fulano es un caradura: se ha arregostado a vivir del cuento y a que le paguen sus caprichos”; “Mengano se está arregostando a llegar tarde: todos los días tenemos que esperarle”).
No obstante, puede encontrarse también con un cierto sentido afectivo, por influencia de “regusto”. En este caso, es frecuente aplicárselo a uno mismo (“Pero salió tan bien lo del verano pasado que me he arregostado“; “Me he arregostado a tus mimos”).
María Moliner acierta al destacar el valor incoativo de este verbo, aunque no creemos que deba referirse solo a los placeres materiales: “Arregostarse: (Variante de regostarse) «Engolosinarse. Tomar el gusto». Aficionarse a un placer material recientemente descubierto.” (Diccionario de Uso del Español, María Moliner).
La idea de exceso o abuso, había aparecido en antiguas ediciones del DRAE:
Una nota etimológica, entre 1884 y 1947: “(De a y el lat. regustare, gustar con insistencia, saborear)”.
En las ediciones de 1925, 1927 y 1950, se definió como ‘engolosinarse o empicarse a alguna cosa’ (empicarse: ‘aficionarse demasiado’).
Entre 1970 y 1992, regostarse se definió como ‘…enviciarse [en algo], arregostarse’ (enviciarse: ‘Aficionarse demasiado a algo, darse con exceso a ello.’).
La mejor definición de arregostarse está, según nuestra opinión, en el Diccionario de Autoridades de 1726 a través de la explicación de un antiguo refrán:
Arregostarse: v. r. Repetir, continuar y reiterar una cosa, por haber gustado mucho de ella, o porque uno saca de ella utilidad y provecho a costa ajena. Es voz baja […]”
Arregostóse la vieja a los bledos, ni dejó verdes ni secos” Refrán que reprehende el abuso que algunos hacen de la liberalidad y cortesía de otros: a los quales acuden con más frecuencia e importunidad, desfrutando desordenadamente sus beneficios y agasajos, hasta ponerse en términos de disgustar o apurar en algo la paciencia de aquellos que los favorecen. Otros lo entienden de otra manera; pero este parece el sentido más natural”.
En fuentes escritas, hemos encontrado otras versiones de este refrán, en las que arregostarse puede ser sustituido por regostarse o empicarse; y los bledos por bredos o berros: “Empicóse la vieja a los berros, no dexó verdes ni secos” (DRAE, 1791, lema empicarse). Otras versiones, en el Diálogo de la lengua de Valdés y en Refranes que dizen las viejas tras el fuego del Marqués de Santillana.
En Guadalajara y Cuenca hemos oído la expresión arregostarse como la vieja a los higos, versión truncada del refrán clásico, y que aparece en advertencias (“no te arregostes como la vieja a los higos”) y quejas (“le invité una vez y se ha arregostado como la vieja a los higos”). En esta zona también hemos escuchado otro refrán que muestra la mala fama del arregosto o arregostamiento: Es peor un arregostado que un hambriento. Se dice cuando alguien resulta molesto por abusar de un favor: el hambriento pide por necesidad y lo agradece, el arregostado parece exigirla y por su gusto.

Por otra parte, hemos encontrado un uso transitivo (no pronominal) de este verbo, con el significado de ‘acostumbrar’ o ‘malacostumbrar’: “Has arregostado a tu hijo a darle todos los caprichos”. La RAE solo recogió este uso transitivo en su Diccionario Histórico de 1933, pero con la acepción de ‘engolosinar’ (|| Excitar el deseo de alguien con algún atractivo) y el ejemplo: “Encarecieron la cura arregostándome con buenas esperanzas” (Juan de Luna, Segunda parte del Lazarillo de Tormes, 1620).

Desde el DRAE de 1970, parece que la Academia considera arregostar una palabra de uso general, y no incluye en su definición ninguna marca que indique delimitación geográfica, cronológica o de uso o registro. Sin embargo, hasta la edición de 1956 venía marcada como propia del registro familiar (fam.); y, para el Autoridades 1726, era una “voz baxa”.
Nosotros creemos que no está limitada a un determinado registro de habla, porque aparece en diferentes tipos de textos:
Lenguaje periodístico: “Zapatero, […] no se va dejando a su partido en la ruina, que para España no sería malo, sino tras un mes de vacío y arregostamiento en una trampa económica, política e institucional. (F. Jiménez Losantos, El Mundo 23-11-2011).
Lenguaje formal: “Me disgusta mucho, porque en Puerto Rico me había arregostado a trabajar todos los días. Y se me figura que ya he perdido esa costumbre, que tantos años tardé en adquirir”. (Pedro Salinas, Correspondencia, 1923-1951)
Lenguaje poético: “[en los montes altos] donde la nieve aún se arregosta en julio a los canchales,” (Dámaso Alonso, Hijos de la ira, 1944)
Registro familiar dentro de una novela: “- ¿Qué esperas? ¿Que te dé algo, no? Bueno, mira, hoy es un gran día. Toma un real, pero no te arregostes, ¿eh? “ (Arturo Barea, La forja de un rebelde, 1951)
Entrevista a un cabrero: “[El cachorro] se arregosta a ir con el perro y el día que no llevo el perro pues no va él”. (Pellagofio.com)
En cuanto al ámbito geográfico del uso de “arregostarse”, hemos encontrado en internet, referencias que la consideran palabra propia de La Manchuela (Albacete) (1), Almería (2), Murcia (3) o Ávila (4). Según una pequeña encuesta entre amigos y conocidos de diversos lugares de España, se conoce y utiliza eventualmente en la mitad este de la península al sur de Soria-Zaragoza. (Teruel, Cuenca, Guadalajara, Madrid, Ciudad Real, Murcia…) y en Canarias; pero es desconocida en el norte del país (León, Burgos, País Vasco, La Rioja, Huesca).

Aunque Juan de Valdés (5) se lamentaba, ya en el siglo XVI, de que hubiera dejado de utilizarse arregostar, no creemos que sea una palabra anticuada, ni muerta. Hay que reconocer, eso sí, que su uso es poco frecuente.

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Dar calabazas

Dar calabazas a alguien significa frustrar sus expectativas. Se trata de una locución verbal utilizada en el lenguaje coloquial para expresar que alguien es rechazado por la persona a la que pretende conquistar o de la que se pretende un favor o que se suspende a un alumno en un examen. Antiguamente también se dijo echar la calabaza (o las calabazas).
De aquel a quien dan calabazas, se dice que lleva calabazas; aunque, hablando de los estudiantes suspensos, calabaza se ha convertido en un simple sinónimo de ‘suspenso’: lo más habitual es decir que “el alumno trae o saca calabazas”, ‘asignaturas suspendidas’. Es raro oír que un profesor da calabazas, ‘suspende’, a un alumno: podría malinterpretarse, porque la expresión se ha ido especializando en el ámbito de las relaciones personales.

De hecho, el sentido de rechazo amoroso es anterior al de suspenso académico, aunque en el primer Diccionario de la Academia (Autoridades, 1729) solo se recogiera la acepción de suspender y hubiera que esperar a la edición de 1780 para encontrar la de “desechar las mujeres la proposición de algún novio’. A principios del siglo XVI encontramos:
“Asmo que / nunca domingo bailé /que no la sacase a la plaza, / son que una vez la saqué / y echóme la calabaza.” (Torres Naharro, Comedia Aquilana, 1517)
En Covarrubias, dos sentidos metafóricos de “calabaza” apuntan a las relaciones personales. Aunque diferencia la expresión de más calabazas de la de echar a uno calabaza, se puede ver la conexión que existe entre ambas y recurre a un ejemplo, como el de Torres Naharro, en el que la mujer rechaza al hombre:
“Las calabazas sustentan en el agua a los que no saben nadar, que sin ellas se irían a lo hondo. Cuando alguno nos propone alguna cosa desproporcionada, solemos decir, más calabazas, dando a entender, que es disparate, que puede significar cosa de aire de poco momento, y peso. [...] Echar a uno calabaza, es no responderle a lo que pide, como el galán que saca la dama en el festín a bailar, y ella se excusa, dando a entender que es liviano y de poco seso, por querer salga a danzar con él, no siendo o su igual o de su gusto o que le dejó en vacío hecho calabaza.” (Covarrubias, Tesoro de la lengua castellana o española, 1611)
Gonzalo Correas da la clave de por qué echar la calabaza puede ser demostración de no querer ayuda o compañía [amorosa], pero diferencia esa expresión de la de llevar calabazas, que se aplicaría a los malos estudiantes:
Echar la calabaza. Echar las calabazas. (Es decir que ya uno puede sin ayuda hacer algo. Tómase de los que aprenden a nadar, ayudándose de calabazas, y las dejan cuando ya saben nadar sin ellas). [...] Llevar calabazas y espigón al rabo. Por los que no salen aprobados en exámenes de lo que pretenden, o son los traseros; a imitación de las calabazas que atan al rabo a los perros por Antruejo y de las pajas y espigones que ponen los muchachos en la cola a los moscones y los echan a volar.” (Correas, Vocabulario de refranes y frases proverbiales, 1627)
Dar calabazas a quien nos propone algo que no nos interesa o a quien suspende un examen, podría significar que le damos algo que flota, para que lo tome y no se hunda. Pero no hay que olvidar que la calabaza es el símbolo del peregrino, porque servía de recipiente para el agua o el vino, por lo que podría tomarse como que le invitamos a seguir su camino sin nosotros:
“...una mujer, que no tiene pelo de tonta, se enamorisca de cualquier pelagatos, y da calabazas a las personas decentes.” (Galdós, Fortunata y Jacinta, 1885-87)
“Para casarme con tu padre tuve que dar calabazas a un estudiante de minas” (Unamuno, Amor y pedagogía, 1901)
“Besteiro les ha vuelto a dar calabazas a tus amigos los conspiradores.” (Max Aub, La calle de Valverde, 1961)
Para explicar la relación del rechazo amoroso con las calabazas, algunos aluden al carácter antiafrodisíaco que ya se les atribuía en la Grecia Antigua o durante la Edad Media. Es posible que así sea, sobre todo si consideramos que suele contraponerse al melón, que es el símbolo de la fecundidad, la abundancia y el lujo. Pero no puede perderse de vista que, desde la antigüedad, la calabaza simboliza lo falso o de poco valor, porque resulta engañosa: promete mucho por su tamaño, pero defrauda por ser poco densa e insípida.
“Calabaza: Por semejanza, se llama el melón que es insípido y no tiene dulce alguno” (Autoridades, 1729).
“Te juzgué melón y me resultaste calabaza”. (Refrán)
El mismo significado de frustración de los deseos encontramos en la calabaza en que se convierte la carroza de Cenicienta, en la calabaza Ruperta del concurso televisivo “Un, dos, tres... responda otra vez” y en la que obtienen los estudiantes.

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Victoria pírrica y significado de "pírrico".

¿Qué significa victoria pírrica o triunfo pírrico? ¿Qué es una victoria pírrica? En general, es una ‘victoria que no satisface al vencedor’. Añadir otras definiciones supone especificar las causas de esa insatisfacción. Así, una victoria pírrica puede ser ‘la que se ha obtenido con tan grave daño para el vencedor que puede ser la causa de una futura derrota definitiva’, ‘la que no sirve para conseguir los objetivos fijados’, ‘la lograda por un margen muy pequeño’, o ‘la insuficiente en proporción al esfuerzo realizado’.
Los puristas siguen afirmando que una victoria solo es pírrica cuando ‘se obtiene con más daño del vencedor que del vencido’ y es incorrecto aplicar la expresión al hecho de que un candidato político gane unas elecciones con poco margen de votos, o un equipo de fútbol, por un solo gol.
Su principal argumento es que la expresión se refiere a las victorias del rey Pirro sobre los romanos en Heraclea (280 a.C.) y en Asculum (279 a.C.), en las que no obtuvo grandes ventajas sobre ellos y finalmente tuvo que renunciar a expandir su reino por la Península Itálica. Se dice que después de una de ellas exclamó: «Otra victoria más como ésta y estoy perdido».
En contra de la definición purista, hay que hacer notar que, aunque en estas batallas, el ejército de Pirro sufrió pérdidas muy importantes, en ambas las pérdidas de los romanos fueron superiores. En cambio no puede negarse que las victorias fueron insatisfactorias para el vencedor, porque, al no ser rotundas y quedar con tantos daños, no pudo seguir luchando por sus objetivos.

De acuerdo con las definiciones del Diccionario de la Real Academia Española (DRAE), el significado de “pírrico, -a” parece amplio y puede referirse a distintos conceptos: existen dos adjetivos homónimos con ámbitos significativos diferentes y uno de ellos tiene, a su vez, tres acepciones.
El primer adjetivo es el más conocido por los hablantes y suele emplearse (como estamos viendo) asociado al concepto de victoria o triunfo. La edición de 2001 del DRAE lo define como: “1. Dicho de un triunfo o de una victoria: Obtenidos con más daño del vencedor que del vencido. 2. Conseguido con mucho trabajo o por un margen muy pequeño. 3. De poco valor o insuficiente, especialmente en proporción al esfuerzo realizado.”
El origen de la expresión victoria pírrica y del adjetivo pírrico está en el último cuarto del siglo XIX, y muy ligado con la recuperación del interés por el Mundo Antiguo. Los primeros ejemplos los encontramos casi simultáneamente en inglés (el primer empleo de Pyrrhic victory parece datar de 1885) y en español, aunque no fue admitido, en su primera acepción, por la Academia hasta el Suplemento de la edición de 1970 del Diccionario:
"Tan pírrica fué esta victoria, que el Libertador « humillado », según sus propias palabras, tuvo que repasar el Juanambú el 10 de mayo á la vista del enemigo” (Aníbal Galindo, Las batallas decisivas de la libertad, 1883).
Como hemos visto más arriba, era fácil ampliar el significado de pírrico en función de cómo se interpretasen las consecuencias de la victoria de Pirro sobre los romanos. Tampoco se debe olvidar que el castellano tiene tendencia a considerar los adjetivos esdrújulos como superlativos, por lo que pírrico paso a tener connotaciones de 'mínimo, muy pequeño'. El siguiente texto de 1927 es una muestra de la ambigüedad semántica del adjetivo ('muy pequeña, insignificante", o 'que supuso una derrota porque el éxito no pretendido es la oratoria'):
No pudiendo felicitarle a usted por su triunfo científico, que fué una victoria pírrica, le alaban por su brillante éxito ORATORIO." (Luis Jiménez de Asúa, Política. Figuras. Paisajes, 1927)".
Pero no faltan ejemplos en los que se le da el claro sentido de 'muy pequeño':
“...doce o catorce pelagatos muy listos y expertos, [...] constituían una falange pírrica que decidía la victoria [electoral], se les daba el calificativo nombre de micos.” (Antonio Ledesma Hernández, Canuto Espárrago, 1903)
Lázaro Carreter, durante el Mundial de fútbol de 1982 (El dardo en la palabra), descubre el nuevo uso que dan los periodistas deportivos a la expresión victoria pírrica para designar las victorias por un solo gol de diferencia, especialmente si el resultado es de 1 a 0. Sin embargo ya hay ejemplos desde mucho antes en el español de América:
"Victoria Pírrica de Goldwater. El triunfo de Barry Goldwater sobre Nelson Rockefeller en las elecciones primarias, produjo consternación entre los republicanos liberales y moderados". (Hispano Americano, 1964).
"No era una victoria completa, pero tampoco una victoria pírrica". (Ernesto Guevara, Relatos de la Guerra Revolucionaria, 1965)
Parece que a España llegó con la democracia a través del periodismo político y de ahí pasó rápidamente al deportivo:
"Victoria pírrica de Joaquín Leguina en el PSOE de Madrid tras la ruptura del ala izquierda. [...] Ocupa desde ayer la secretaría general del PSOE de Madrid, con el 27 % de los votos del mismo". (El País, 11/12/1979)
"El Rácing puede celebrar con júbilo el empate en su Sardinero porque el visitante era el campeón y vecino equipo donostiarra, que estaba en victoria pírrica y el viento de un penalty le anuló la ventaja". (ABC, 27/09/1982)

La tercera acepción, 'insuficiente en relación con el esfuerzo realizado' también estaba desde los años sesenta del siglo XX:
“Sin embargo, tal victoria fue, en el mejor de los casos, un triunfo pírrico para el secretario de Estado Rusk, pues no sólo la delegación norteamericana obtuvo un escaso voto mayoritario en favor de su política, después de angustiosas conversaciones diplomáticas. (Gordon K. Lewis, Puerto Rico: Libertad y poder en el Caribe, 1969)

El segundo adjetivo pírrico, menos conocido y usado, está en el Diccionario desde 1884, cuando lo recuperaron, entre otros, los académicos Juan Varela y M. Menéndez y Pelayo aunque pudo haber estado desde el de Autoridades, porque venía siendo empleado desde finales del siglo XV. Se refiere a una danza guerrera de la Antigua Grecia, de la que se dice que la creó un mítico personaje, aunque no esté muy claro si fue Pírrico (que pudo ser un curete de Creta que veló sobre Zeus niño) o Pirro el Rubio, sobrenombre de Neoptóleno, el hijo de Aquiles:
“bailaban y representaban una fábula griega, que se llama pírrica”. (Traducción atribuida a Diego López de Cortegana, en 1500, de La metamorfosis de Apuleyo)
“...cierto paso gimnástico que hacen los soldados [de Prusia] [...] que ha de tener algo de la antigua y celebérrima danza pírrica de los espartanos” (Juan Valera, Correspondencia 1847-1857)
“¿Por qué no suena el belicoso canto? / ¿Por qué no emprende la falange altiva / Pírrica danza?” (M. Menéndez y Pelayo, “Himno a Grecia”, 1875)

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Otras expresiones para "hacer novillos"

Faltar a clase es algo que hacen los estudiantes de cualquier lugar, aunque sepan que están infringiendo las normas familiares y académicas. Esta vulneración de las normas conlleva la utilización de expresiones o palabras de argot para referirse a ella. Al no ser una infracción demasiado grave, ni delictiva, no existe excesivo interés en una continua renovación de la palabra jergal; pero sí se aprecia una gran variedad geográfica que puede responder a la realidad inmediata de cada lugar. Estas expresiones suelen aludir a la diversión, a la libertad, o a la huida oculta y temerosa.

En un artículo anterior habíamos hablado del origen y sentido de la expresión hacer novillos con el significado de ‘faltar a clase u otras obligaciones’. Directamente relacionadas con ella están las formas hacerse la vaca o vaquear (Perú o Guatemala), hacer toriles (España); irse de capiura o capear[se] (El Salvador y Honduras).

Pocas son las formas que aluden directamente a la obligación incumplida; entre estas hemos encontrado en España: fumarse la clase, pelarse la clase, soplarse la clase o mamarse la clase; en Colombia, capar la clase y, en México, matar la clase o volarse la clase.

En Chile y Argentina se dice cimaronear o hacer la cimarra. Aquí parecen unirse varios sentidos de la palabra cimarrón: marinero indolente y poco trabajador, animal que huye al campo o no está domesticado, esclavo que huía al monte en busca de libertad (v. DRAE).
Relacionadas con la huida, astuta pero temerosa (escondiendo el rabo, como las perras o las zorras) tenemos: hacer la rata o ratearse, hacer la chupina, hacer la perra (Argentina), hacerse la rabona (Argentina, Paraguay y Uruguay); hacer pirola (Aragón, España); hacer la juyona (fruto de la pronunciación aspirada de la h- Canarias, España); hacer la huyona (México). En la huida puede estar el sentido de saltar sobre un obstáculo o dar la vuelta ante él. Así encontramos echarse la brincona (México) o hacer campana (Cataluña) como traducción literal del catalán fer campana. No obstante, es posible que esta última expresión haga referencia a la costumbre de tocar las campanas para llamar a los oficios religiosos, que suelen celebrarse en días festivos y, por tanto, sin obligaciones escolares. Esta referencia a suplir la obligación escolar por la devoción religiosa también la encontramos en la irónica expresión irse de nonas ‘asistir a los ejercicios religiosos de la Novena’ (Andalucía).

En algunas de las expresiones anteriores podría encontrarse un doble sentido de tipo sexual, (hacer novillos podía significar ‘poner los cuernos’) por utilizarse palabras con esta connotación: perra, zorra (rabona, huyona). La connotación sexual también puede existir en hacer monta (Extremadura), pintar venado, hacer el cuco , echar o hacerse la pera (Ecuador); tirarse la pera (Perú), hacer pila (Cataluña).

Algunas frases se refieren a estar por la calle sin ocupación de provecho: hacer la yuta (Argentina, por ‘caminar por la calle como la yuta o policía’); hacer la tuna (de tunar, ‘andar vagando’), hacer o dar el mico (‘divertirse como un mono o mico’, pero sin olvidar que en algunos lugares mico también puede significar ‘vulva’ ); hacer pellas (Madrid y otras partes de España, por ‘hacer bolas de barro para lanzarlas’, aunque también podría tener connotaciones sexuales); pavear (Panamá); irse de pinta o hacer la pinta” (México, puede aludir al juego de naipes o a ‘convertirse en un sinvergüenza’); comer jobos o irse de jobillos ‘fruto parecido a la ciruela’ (Puerto Rico).

Otras expresiones con el significado de faltar a clase y otras obligaciones son sacar cera o jubilarse (Venezuela); hacer pimienta (en Álava y Aragón, España); hacer la piarda (en Andalucía); tiguerear (Rep. Dominicana), hacer la chancha (Chile) o chacharse (Bolivia).

Si conoces otras expresiones, puedes dejarnos un comentario.

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Poner los cuernos. Origen de la expresión

¿Cuál es el significado original de poner los cuernos y por qué se refiere a la infidelidad? Al principio, por machismo y por cuestiones de honor, sólo se aplicaba a la infidelidad de la mujer, y era el marido cornudo quien recibía la burla y el insulto; pero actualmente se refiere tanto a la infiedelidad de la mujer como a la del hombre.

Aunque en algunos diccionarios, como el Clave, los cuernos son símbolo de infidelidad en cualquier relación sentimental, en los más usados late cierto puritanismo al considerar que sólo se dan dentro del matrimonio: poner los cuernos significa ‘ser infiel al marido o a la mujer’ en Diccionario de Uso de María Moliner y cuernos para el DRAE es ‘infidelidad matrimonial’. En este último diccionario también hay vestigios de que la ofensa es mayor si la sufre el varón y limita la definición de cornudo,a al ‘marido cuya mujer le ha faltado a la fidelidad conyugal’, que conserva el sentido ya recogido en el Diccionario de Autoridades de 1729: “Cornudo: Metaphoricamente se le da este nombre al marido a quien su muger ofende, bien que lo ignore, o lo consienta. Lat. Curuca. [...]”. En este mismo Diccionario encontramos encornudar o cuernar ‘consentir el marido que su mujer sea mala, y le ponga los cuernos. Es voz inventada y jocosa’.

Existen múltiples versiones sobre el origen de la expresión poner los cuernos. Seguramente esté en la interpretación burlesca de episodios mitológicos unida a la idea cristiana de asociar el pecado a la imagen del demonio y representar a éste mediante figuras con cuernos.
En su Tesoro de la lengua castellana o española, Sebastián de Covarrubias afirma que “[Poner los cuernos] tomó ocasión de lo que se cuenta de Mercurio, que en figura de cabrón tuvo ayuntamiento con Penélope, mujer de Ulises; del cual nació el dios Pan con cuernos”.

Otra versión mitológica relaciona su origen con el hecho de que la esposa del rey Minos, Pasifae tuviera relaciones sexuales con el hermoso Toro de Creta y engendrara el Minotauro. Esto habría dado origen a que la señal de los cuernos quedara como símbolo de traición matrimonial.

La versión que fusiona los orígenes mitológicos y cristianos es que el dios Pan, caracterizado por su lujuria y representado con cuernos, fue asociado por el Cristianismo con el demonio.

En el Diccionario infernal, de Jacques Albin Simon Collin de Plancy, encontramos una explicación desde el punto de vista cristiano: “Preciso es que el adulterio sea un muy grave pecado para que la mujer que se halle en este caso haga llevar a su marido las armas de los demonios. Poner los cuernos viene de nuestra madre Eva, la cual habiendo obtenido de Satanás, el par de cuernos que llevaba en la cabeza, los regaló a su marido.”

Durante la Edad Media, se ofendía el honor de un hombre casado arrojando huesos o cuernos en la puerta de su casa, para pregonar que en ella había entrado el pecado. Por esta razón, casi todos los Fueros de las ciudades medievales castigaban esta acción: “Todo aquel que cuernos o huesos echare sobre casa ajena, o ante las puertas los pusiere, peche cinco maravedis”. (Fuero de Úbeda, 1251) [La misma disposición se encuentra en los Fueros de Zorita de los Canes, de Plasencia, de Béjar, de Teruel, etc.]

Pero no hay que olvidar otras explicaciones. Los cuernos, como símbolo fálico que son, pueden representan virilidad, poder político e incluso sabiduría. También están prestigiados, por su belleza o supuesta potencia sexual, algunos animales que los poseen (ciervos, venados, toros). Pero los símbolos aplicados a quien no le corresponde, lo ridiculizan por carecer de lo originalmente simbolizado. En este caso, los cuernos ridiculizan al marido que no tiene poder de mando ni potencia sexual para mantener la fidelidad de su esposa. A esto se suma que los adornos ridículos en la cabeza sirven a menudo como castigo: por ejemplo, las orejas de burro en las antiguas escuelas. Por esto no es extraño que equivalentes a la expresión poner los cuernos sean: en castellano, poner el gorro; en el francés del s. XVIII, faire porter le bouquet à son mari, y al parecer en chino, poner el sombrero verde.

Algunos viajeros franceses y portugueses constataron que en la España de los siglos XVI y XVII eran numerosos los maridos consentidores, a pesar de que suponía un grave delito y eran sometidos a la vergüenza pública: al marido se le montaba en un asno y era paseado por las calles, desnudo y adornada la cabeza con dos cuernos y sonajas; detrás iba la mujer, montada en otro asno y obligada a ir azotando a su marido; tras ellos, el verdugo iba azotando a la mujer. Para evitar que al marido se le recriminase de consentido podía solicitar que la autoridad le girara un documento llamado carta de perdón de cuernos.

La literatura de esos siglos refleja que el tema de los maridos consentidores o engañados se había convertido en una obsesión. Quevedo es el máximo exponente de ello, con su obra titulada El siglo del cuerno. La riqueza léxica en este asunto parece inagotable: además de las referencias a objetos hechos con cuerno (tinteros, coronas de hueso, mangos de cuchillos, calzadores, linternas...) tenemos: ganchos mudos, paréntesis de hueso, orejas blancas, maniles retorcidos, bonete de los bosques, bigotes de Jarama, luna de Jarama, lira de Medellín... sin olvidar las expresiones de rastrillar con las sienes o arar con maridos.

En el lenguaje común han sido innumerables las palabras que han aludido a los cuernos como símbolo de infidelidad. Al marido engañado se le ha llamado cornudo, cabrón, novillo, ciervo, venado, manso, cornicantano, cornifactor, maridillo becerril... Actualmente también hay expresiones creativas, pero casi siempre alusivas a la tauromaquia: tocar pasodobles, abrirle el toril o clavar banderillas y, en España, parecen preferirse las alusiones a ganaderías de toros bravos: mihura, victorino.
En otros lugares encontramos las expresiones meter guampas (Argentina y Uruguay), pegar los tarros (Cuba), poner los cachos, ser un cachudo (Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú), poner los tochos (jerga en España). En otras lenguas latinas del mediterráneo tenemos las equivalentes mettere le corna (it.), posar banyas (cat.) y faire porter des cornes / du bois (fr.)

Tampoco faltan los refranes alusivos a los cuernos de la infidelidad: Casada que va a fiestas, cuernos en testa. Si la vaca fuera honesta, el toro no tendría cuernos. De cornudo o de asombrado, pocos han escapado. Maridos que se ausentan, cornamentan. Si quieres ser cornudo, vete de caza a menudo. Quien fía su mujer a un amigo, en la frente le saldrá el castigo.

A pesar de todo lo dicho, es posible que no exista este tipo de cuernos:
“Moisés con cuernos pareció adornado,
y no fueron sus cuernos verdaderos.
Dos cuernos a la luna han levantado
los astrólogos vanos embusteros.
Al demonio con cuernos han pintado,
porque son los pintores majaderos.
Pues si todos los cuernos son fingidos
¿por qué han de creer en cuernos los maridos?”
(“Probando ser fábula la producción de los cuernos en ciertas cabezas” José Cadalso, 1762)
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Expresiones taurinas

Muchas expresiones taurinas pertenecen a la lengua española general y no suelen presentar dificultades de comprensión para que la mayoría de los hablantes.

El lenguaje de los toros toma términos generales y los especializa o fija en expresiones para designar elementos o acciones específicas: capote, montera, muleta, bicho ‘toro de lidia’... Pero, posteriormente, este lenguaje especializado puede aplicarse por extensión, similitud o uso metafórico a la vida cotidiana. De esta forma, palabras y frases propias de lo taurino retornan a la lengua común para proporcionarle expresividad, belleza, colorido o ironía y aparecen en el habla de los hispanohablantes, sean aficionados o detractores de los toros.
La vida social influye en el idioma, por lo que no es extraño que el idioma español esté condicionado por una actividad tan extendida y enraizada en la sociedad española e hispanoamericana, como son las corridas de toros. Incluso para algunos estudiosos el conjunto de las expresiones taurinas forman un universo alegórico que condiciona nuestra visión del mundo y cómo concebimos algunas realidades cercanas. A partir del lenguaje taurino surgen metáforas de la vida cotidiana en diversos ámbitos:

Lo amoroso y sexual. Hay hombres que ligan a volapié o ligan recibiendo ‘tomar la iniciativa del acercamiento o esperar a la mujer’; una mujer puede tener buenos pitones ‘senos’, o ser de buen trapío; se habla de clavar el estoque, poner los cuernos... A menudo, son expresiones poco elegantes, vulgares u ofensivas, porque funciona el paralelismo entre la lidia y el cortejo amoroso, en el que el hombre es el torero y la mujer, el toro, el peligro que puede herir al hombre, mientras este trata de dominarlo.

La política. El Parlamento devuelve el toro al corral cuando no aprueba una ley presentada por el Gobierno. Los políticos o partidos de segunda fila que apoyan al Gobierno son descalificados como banderilleros del Gobierno. Los políticos torean de salón cuando debaten y discuten entre ellos si aportar soluciones para la ciudadanía; evitan agarrar al toro por los cuernos para solucionar los problemas, si los remedios pueden ser impopulares, y prefieren hacer brindis al sol, es decir, ser demagogos para obtener el aplauso fácil del público menos exigente. En muy raras ocasiones un político saldrá por la puerta grande, porque entre los ciudadanos suele haber división de opiniones.
La forma de enfrentarse a los problemas. Si no tenemos mano izquierda para controlar con calma la situación, deberemos atarnos los machos y agarrar al toro por los cuernos o dar una larga cambiada; ver los toros desde la barrera o saltar a la arena; si nos va a pillar el toro, porque nos hemos entretenido o no hemos tomado precauciones, podemos tirarnos un farol o saltarnos a la torera la obligación y ponernos el mundo por montera; al rematar la faena podemos fracasar si pinchamos en hueso o conseguir nuestro propósito clavándolaa hasta la bola. Ante una situación inevitable, ¡Suerte y al toro!

Las conversaciones. Cuando alguien nos pregunte sobre un asunto molesto o comprometido deberemos darle una larga cambiada, para ‘despistarle o evitar que siga con el tema’; si el afectado es un amigo, le echaremos un capote para ‘ayudarlo excusarlo’. Si nos dan la vara, ‘nos molestan y aburren’, hay que cambiar de tercio, ‘de tema de conversación’. ‘Lanzarse a resolver una situación o plantear un asunto puede causarnos perjuicios’ es lanzarse al ruedo. Una conversación o entrevista da juego si ‘permite entretenerse, aprender u obtener información’, porque a otra persona entra al trapo ‘nos sigue en nuestro propósito’; pero hay entrevistados que no tienen un pase porque ‘no dicen nada interesante, no dejan ser interrogados o no responden con claridad’.

Los que han toreado en muchas plazas, pueden preparar una encerrona a quien acaba de tomar la alternativa o es nuevo en la plaza. Se torea a alguien cuando se le dan falsas esperanzas o se le entretiene con engaños. Uno puede crecerse en el castigo o buscar las tablas antes de que le den la puntilla y lo dejen para el arrastre. Cuando no se quiere seguir con una ocupación (profesional, personal, de afición...) nos cortamos la coleta.

Otras son expresiones más rebuscadas y pueden no entenderse si no se conoce la fiesta y el lenguaje de los toros: Tomar el olivo ‘huir del peligro buscando refugio’; tener más intención que un toro marrajo ‘ser taimado y de malas intenciones’ (el toro marrajo arremete a golpe seguro); haber hule ‘advertencia de peligro’; ir al hule ‘ir a la enfermería, fracasar’; citar en corto ‘actuar decididamente’; entablerado ‘toro con querencia a las tablas o marido receloso de que le engañen’...

Además de las expresiones que se utilizan en las conversaciones habituales, existe una amplia fraseología taurina (refranes y sentencias que hacen referencia al mundo del toro): Para torear y para casarse hay que arrimarse; Putas y toreros, los tres años primeros; Quien con toros anda, a torear aprende; Ir a los toros y tomar el sol, es la mejor vida para el español; No hay toro bravo que resista dos garrochas...

Además de en el lenguaje común, el lenguaje de los toros ha estado presente la literatura de todos los tiempos, en las obras de Tirso de Molina, Quevedo, Góngora, Machado, los Quintero, García Lorca, Rafael Alberti, Miguel Hernández, Gerardo Diego, Rafael Morales...

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La espada de Damocles

¿Qué significa la espada de Damocles? ¿Quién fue Damocles?

La espada de Damocles es la ‘amenaza persistente de un peligro’ (DRAE). Por ello “estar bajo la espada de Damocles” significa ‘estar o vivir amenazado’.
La mejor explicación que hemos encontrado es la que hace Fernando de Herrera al comentar el soneto XXIV de Garcilaso de la Vega (“veré colgada de un sutil cabello / la vida del amante embebecido / en error, en engaño adormecido...”):

“Alusión a la historia de Damocles, que alabando la abundancia, riqueza, majestad y señorío del primer Dionisio, y juzgándolo por el más dichoso de todos los hombres, quiso el tirano que hiciese la experiencia de su fortuna. Y mandando que lo sirviesen con toda la grandeza y suntuosidad, regalo y deleite que se podía desear del poder y magnificencia de un rey tan rico y poderoso, donde no faltaban todas las cosas, que halagan y atraen todos los sentidos, para que con el contentamiento del ánimo y la alegría de todo ello no se desease cosa alguna para hacello venturoso, ordenó que estuviese pendiente con la punta baja una aguda espada fuera de la vaina, colgada de una cerda sobre la cabeza del que comía aquellos regalados manjares. Entonces Damocles, despulsado y casi sin sangre con el peligro de la muerte cercana, olvidándose del oro y vasos esculpidos y de los olores y ungüentos y música, y de aquellos harinosos ministros que le servían, y dejando de comer, suplicó a Dionisio que le diese licencia para irse, al cual dijo entonces: Tal es, oh Damocles, mi vida, que tú juzgabas por felicísima. Considera, pues, cómo puedo ser dichoso viendo que de toda mi guarda, de los que están en mi compañía de mis mismos familiares, por todas partes me amenaza la muerte, y nunca dejo de temer.”
La expresión tiene su origen en un episodio recogido por Cicerón en Disputas Tusculanas y repetido por Horacio en sus Odas:
"Para quien ve una espada desenvainada sobre su impía cabeza, los festines de Sicilia, con su refinamiento, no tendrán dulce sabor, y el canto de los pájaros, y los acordes de la cítara, no le devolverán el sueño...” (Horacio: Odas III, 1, vv 17-19)
Aunque en castellano, la legendaria anécdota aparece en numerosos autores antiguos (Cristóbal de Castillejo, Fernando de Herrera , Juan de Arguijo, Lope de Vega...), la expresión “espada de Damocles” sólo se fijó a partir de mediados del siglo XIX y actualmente se ha llegado al abuso y se aplica a cualquier amenaza, por pequeña y leve que sea. Creemos que debería reservarse para aludir a los peligros que amenazan en momentos de especial paz, felicidad o prosperidad.
Sobre todo, hay que evitar *”la espada de Demóstenes”, expresión ridícula fruto de una falsa erudición, error evidenciado ya por Galdós en Memorias de un cortesano de 1815 y más tarde por Antonio Gala en Los buenos días perdidos (1972).
Pedro Antonio de Alarcón (De Madrid a Nápoles, 1861) utilizó la expresión para comparar las torres inclinadas de Bolonia con espadas amenazantes:
“Al encontrarme debajo de ellas, experimento un vértigo y un espanto que no puedo dominar. Paréceme que me amenazan, que se mueven, que se caen sobre mí, que van a aniquilarme. Yo no comprendo como hay quien viva en las casas que se levantan en torno de éstas dos espadas de Damocles”.
Para López Soler (Los bandos de Castilla, 1830) una espada de Damocles es la circunstancia que moldea el carácter de quien es consciente de ella y le ayuda a controlar la arrogancia y la fiereza. Sin embargo, Villalonga alude al origen de la expresión, para negar la conservadora enseñanza moral:

“La espada de Damocles no amenaza sólo a los tiranos: la Humanidad entera vive bajo la angustia del mal, que es necesario, parece, para la salvación eterna.” (Lorenzo Villalonga, Bearn, o la sala de las muñecas, 1956)
Damocles, personaje legendario, ha pasado inmerecidamente a la posteridad gracias a su envidia, fundada en juzgar erróneamente la vida de reyes y tiranos, y sin que ni siquiera la espada fuera suya. ¿No hubiera sido más acertado llamarla “la espada de Dionisio”?
(Imagen: L'épée de Damoclès de Auvray Félix)

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Hacer novillos

¿Qué significa hacer novillos y de dónde procede la expresión? Hacer novillos es ‘dejar de asistir a algún sitio al que se tiene obligación de ir, especialmente faltar los estudiantes a clase para divertirse’.

Creemos que en el significado de esta locución verbal han confluido varias frases con sentidos distintos, pero que apuntaban, todas ellas, a la idea de que el joven tiende a divertirse y evitar las obligaciones. Y los novillos, por su vitalidad, sus connotaciones sexuales y su utilización en las fiestas populares, son un buen referente de la diversión.

Vamos a ver cuáles pueden ser los orígenes:

Cobarrubias y Correas relacionaron la expresión con ‘ir a comprar novillos’:
“Irse de novillos es un término aldeano, cuando algún mozo ha salido del lugar con ánimo de ver el mundo, y se vuelve dentro de poco tiempo, como hace el que va a comprar novillos para la feria”. (Sebastián de Covarrubias, Tesoro de la lengua castellana o española, 1611).
“Ir por novillos. Fue por novillos. Dícese de los mozos que se amontan de casa. Por ironía, que no sabrán granxear para traer novillos” (Gonzalo Correas, Vocabulario de refranes y frases proverbiales, 1627).
Esta idea de huída del hombre joven y de poco provecho, junto con el parentesco etimológico de los términos novillo, nuevo, novato, pasó al ambiente militar. En la obra anónima La vida y hechos de Estebanillo González (1646) encontramos que se llamaba tornillo novillo al soldado novato que desertaba; y al resto de los desertores, soldados de tornillo (porque tornaban a casa). De ahí pudo pasar, por analogía, al ambiente estudiantil: reclutas y estudiantes son hombres jóvenes que tienden a descuidar sus obligaciones.
No hay que descartar que la expresión encierre una comparación de la persona que evita la obligación con el novillo, que está libre y sin domar o que aún no se ha acostumbrado a la obligación del yugo:
“Mi nombre es Estebanillo González entre los españoles (...) Mi oficio es el de buscón, y mi arte el de la bufa, por cuyas preeminencias y prerrogativas soy libre como novillo de concejo.” (Anónimo, La vida y hechos de Estebanillo González 1646)
“Pero apenas el celoso mozo se sintió libre, cuando como novillo recién domado a quien la primera vez quitó el labrador el yugo, se vuelve al campo, comenzó, dando saltos, a seguir la espesura del monte”. (Lope de Vega, La Arcadia, 1598)
En el Diccionario de Autoridades, encontramos que novillo, ‘en sentido festivo se usa alusivamente para notar al sujeto a quien hace traición su mujer’. Hacer novillos significaría 'cometer adulterio, poner los cuernos' al marido o novio de una mujer, lo que muchas veces se hace abandonando discretamente las obligaciones del momento.
“No vayas Gil, al Sotillo / que yo sé / quien novio al Sotillo fue / que volvió después novillo”. “La tacaña, apasionada / del dómine y su hisopillo, / hace a su novio novillo”. (Góngora, Letrillas)
“Tendrá la del maridillo, / si en disimular es diestro / al marido por cabestro / y al galán por cabestrillo. / De su novio hará novillo, / y ansí con él arará;” (Fco. Quevedo, Poesías)
Si relacionamos la expresión con la afición taurina popular, podría venir del hecho de que los estudiantes que deseaban ser toreros se escapaban de clase para ir a torear novillos a la dehesa, lo que equivaldría a hacer novillos (Alberto Buitrago, Diccionario de frases hechas). Esta versión no nos parece acertada, porque durante el día resulta difícil esquivar la vigilancia de los mayorales y ganaderos. Esas escapadas de los maletillas suelen tener lugar en noches de luna llena y, en argot taurino, se llama “hacer la luna”.
También se puede relacionar el hacer novillos con asistir a una corrida: hacer día de novillos sería ‘hacer día de fiesta’ y hacer novillos, ‘hacer fiesta’. Ir a las afueras de la población para hacer el encierro de las reses que se van a torear en las fiestas (encierros de Cuéllar o de Pamplona), también es hacer novillos (hacer como ‘juntar’, acepción 12ª del DRAE) o ir por novillos, y a los mozos les sirve de excusa para faltar a clase el día antes de la fiesta.

Actualmente, la expresión se ha especializado con el sentido de ‘faltar a clase’, y abunda tanto en lenguaje coloquial como en ejemplos literarios (Galdós, Baroja, Clarín, Unamuno, Cela, Juan Goytisolo, etc.)
Pero no debe olvidarse que también es frecuente referida a faltar a otros compromisos, obligaciones, o costumbres: se puede hacer novillos a una cita amorosa comprometida (E. Pardo Bazán, El cisne de Vilamorta), a la costumbre de visitar a alguien (Galdós, Tristana), a la misa del domingo (Galdós, Fortunata y Jacinta); el príncipe puede hacer novillos de su oficio de gobernar (Mariano José de Larra, "La fonda, o la prisión de Rochester"), o un alcalde, a los plenos municipales (Enrique Cerdán, La Gatera, 1995).

De forma figurada, también se dice que una necesidad hace novillos, cuando no se consigue satisfacer: “¿Y aquel recobro del sueño, que había hecho novillos?” (Juan de la Encina, Cartas, 1499)

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El nudo gordiano

¿Qué es “cortar el nudo gordiano”? Es resolver un problema imposible mediante una acción tajante y sin contemplaciones. También se suele utilizar para referirse a lo esencial de un asunto que es difícil de comprender, pero que si le llega descubrir se pueden resolver sus implicaciones.
El origen de la expresión alude al nudo que ataba al yugo la lanza del carro del rey Gordias de Frigia y que Alejandro Magno, ante la imposibilidad de deshacerlo porque sus cabos estaban ocultos, decidió cortarlo con la espada y cumplir el oráculo que prometía el dominio de Asia a quien consiguiera soltarlo.
“[El matrimonio] es un lazo que, si una vez le echáis al cuello, se vuelve en el nudo gordiano, que, si no le corta la guadaña de la muerte, no hay desatarle”. ”. (M de Cervantes, Segunda parte del ingenioso caballero don Quijote de la Mancha, 1615)
El nudo existió realmente y la solución alejandrina también, pero el origen del nudo y su sentido son míticos.
Según la leyenda, en el siglo IX a.C., el oráculo de Sabazios anunció a los frigios, que se encontraban en una guerra civil y sin rey, que debían coronar al primer hombre que entrara en la ciudad en un carro tirado por bueyes. Así apareció Gordias, que se dirigía a consultar al oráculo si el hecho de que un águila se hubiera posado en su arado podía ser considerado un augurio de que se convertiría en rey. Proclamado rey de Frigia, fundó la ciudad de Gordio y, en señal de agradecimiento, ofreció al templo de Zeus su carro y ató la lanza y el yugo con un nudo cuyos cabos se escondían en el interior, y tan complicado que nadie lo podía soltar.
Para preservar su imperio, y puesto que Gordio era una ciudad estratégica por donde debían pasar los posibles enemigos, los persas inventaron el mito de que sólo quien pudiera desatar el nudo inextricable podría conquistar Asia. Intentarlo sin haber desatado el nudo conducía al fracaso. Estos mitos constituían una forma de guerra psicológica, porque en aquel tiempo los soldados creían en ellos y no estaban dispuestos a emprender aventuras bélicas que no estuvieran avalados por ellos.
En el año 333 a.C. Alejandro Magno dispuesto a conquistar el Imperio Persa y, en el año 333 a.C., cuando alcanzó la ciudad estratégica de Gordio se encontró con el famoso nudo y, para evitar las reticencias de su ejército y asegurarles el éxito, lo cortó de un tajo con su espada y dijo: “Es lo mismo cortarlo que soltarlo” o “tanto monta cortar como desatar”.
Alejandro conquistó Persia y su gesto sirvió de metáfora de todo lo que conviene resolver tajantemente, sin contemplaciones, de una forma que no se le ha ocurrido antes a nadie. Pero hay críticos con este método, como Norberto Bobbio, quien afirma que “para deshacer nudos, hace falta inteligencia; para cortarlos, basta una espada”.

De esta leyenda, al parecer por consejo de Nebrija, tomó Fernando el Católico sus armas (un yugo y una soga suelta) y el lema que las acompaña (“Tanto monta…”):
“Así el católico rey don Fernando, viendo que no podía por maña y destreza destejer la liga de los príncipes, sus émulos, determinó de contrastarla por las armas y romper la guerra, valiéndose de aquellas palabras de Alejandro, cuando cortó el nudo gordiano: "Tanto monta cortar, como desatar", y después la acomodó en ingeniosa empresa el famoso Antonio de Nebrija, a quien tanto debieron las letras humanas en España”. (Baltasar Gracián, Agudeza y arte de ingenio, 1642-48)


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¿Qué son los brotes verdes?

La expresión brotes verdes, como ‘indicios de recuperación económica’, que circula desde hace unas semanas por los círculos políticos, económicos y periodísticos, es un calco tomado del inglés green shoots. Aunque pueda existir alguna referencia anterior, en España ha sido la Ministra de Economía y Hacienda, Elena Salgado, quien ha generalizado la expresión a partir de de mayo de 2009 (ElPaís.com, 20-05-2009). Al principio, algunos periodistas críticos con el Gobierno, censuraron (además de la certeza o no de los datos económicos a que se referían) la cursilería de la expresión; pero después la mayoría de los periodistas la han repetido (con admiración o burla) hasta hacerla casi normal.
La expresión es metafórica: si la crisis es el frío invierno, el hacha podadora o el incendio del bosque; la economía sería la planta que en primavera rebrota para hacer triunfar la naturaleza. Parece ser que el creador de la expresión inglesa green shoots para referirse a los indicios de recuperación económica fue Norman Lamont, Ministro de Hacienda británico durante la recesión de 1991. La frase exacta fue que había detectado "the green shoots of economic spring". Fue muy criticado en su momento y, quizá por ello, la expresión desapareció del lenguaje político y económico hasta que en enero de este año 2009, otra ministra británica, Shriti Vadera, la ha recuperado y puesto en circulación otra vez. (News.BBC.co.uk, 14-01-2009)
Creemos que esta vez va a tener más éxito, porque la crisis actual puede ser más prolongada que la de los años noventa y porque políticos de otros países la han adoptado como una novedad expresiva que puede sustituir la ya gastada ver la luz al final del túnel. Aunque puestos a ser metafóricos pedantes, siempre podremos acumularlas:
"En lo que a la economía británica respecta, sería difícil superar las noticias de esta semana", comentó el economista Neil Mackinnon, de la firma ECU Group. "No hay brotes verdes que apunten a una recuperación, ni luz al final del túnel, y la cifras del PBI serán sombrías y resaltarán la profundidad de la recesión", agregó. (AlDiaTx.com, 22-01-2009)
Si nuestros politicos y periodistas cuidaran un poco más el idioma español, podrían haber conservado la metáfora original, pero utilizando las palabras renuevo ‘vástago que echan el árbol o la planta después de podados o cortados', pimpollo ‘vástago o tallo nuevo de las plantas' o simplemente brote. Pero habrían perdido la ocasión de remarcar la bondad de los indicios de recuperación con ese adjetivo, verdes, que santifica cualquier sustantivo que se le acerque. (¡Hasta los viejos verdes parecen hoy ecologistas!).
Podrán argumentar que autoridades del idioma español han empleado brotes verdes; cierto, pero fuera del lenguaje literario, resulta extraño, porque verdes es un epíteto, un adjetivo que redunda en una característica propia del sustantivo brotes:
“Pero vosotros, brotes verdes de razas viejas, / cielos radiantes, hijos del sol, cálidos vientos: / robad vuestras Helenas en Nueva York, llorad / por Patroclo y por Héctor, / domador de hidroaviones, perseguid la belleza / que otorga el don de ser eternos” (José Hierro, refiriéndose a los poetas).
Puestos a ser poéticos podrían haber recurrido a Antonio Machado y haber acuñado las expresiones hojas verdes o ramas verdecidas:
"Al olmo viejo, hendido por el rayo>
y en su mitad podrido,
con las lluvias de abril y el sol de mayo
algunas hojas verdes le han salido.
(...)
olmo, quiero anotar en mi cartera
la gracia de tu rama >verdecida.
Mi corazón espera
también, hacia la luz y hacia la vida,
otro milagro de la primavera".
(Antonio Machado, “A un olmo seco”)

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El talón de Aquiles

¿Qué significa "talón de Aquiles"? Llamamos “talón de Aquiles” al punto débil que tiene toda persona, organización, teoría científica, etc. Es aquello que puede ser causa de su derrota o, al menos, de un ataque que le cause un grave daño..

Según la leyenda, Aquiles, hijo de Tetis y de Peleo, fue uno de los héroes de la Guerra de Troya. A pesar de participar en muchos enfrentamientos, nadie podía matarlo porque, al nacer, su madre quiso hacerlo inmortal sumergiéndolo en el río Estigia o Éstige, cuyas aguas hacían invulnerable cualquier parte del cuerpo que se mojara con ellas. Pero el talón derecho, por donde su madre lo tenía sujeto, no se mojó y se convirtió en el único punto en que podía ser herido. Sólo quien conociera el secreto de esa vulnerabilidad podría matarlo.

Fue ahí adonde París le lanzó una flecha envenenada y consiguió matarlo.
Aunque Aquiles es el héroe que protagoniza la Iliada, Homero no menciona su vulnerabilidad, ni cuenta cómo murió. Este poema épico acaba cuando Aquiles devuelve el cadáver de Héctor a su padre Príamo.
Fueron obras muy posteriores las que recogieron la leyenda del talón de Aquiles. Horacio afirma en sus Épodos (año 30 a.C.) que la única parte vulnerable de Aquiles era por la que su madre lo tenía cogido cuando lo sumergió en el Estigia. Higino (64 a.C. – 17 d.C.) en su Libro de Fábulas dice que fue en el talón donde recibió el flechazo que lo mató. En el poema La Aquileida de Estacio (45 – 96 d.C.), Tetis dice a su hijo: “...si cuando tu nacimiento te di una armadura –que yo hubiera deseado completa- de las tristes aguas del Estigia...”

A partir de entonces son numerosas las referencias clásicas al “talón de Aquiles”, lo que hizo que la leyenda pasara a convertirse en una expresión de la lengua común. Actualmente, se ha generalizado tanto que se ha convertido en un sinónimo absoluto de 'vulnerabilidad' o 'punto débil'. Todo puede tener su “talón de Aquiles”: el virus de la inmunodeficiencia humana (VIH) [1] causante del sida, el Estado de Israel [2] , un grupo terrorista [3] , un teléfono móvil [4] o internet [5].

El mismo origen tiene el nombre del tendón más grueso y fuerte del cuerpo humano, situado en la parte posterior del tobillo: el tendón de Aquiles. Philip Verheyen en su libro Anatomía del Cuerpo Humano, publicado en 1693, afirmaba que este tendón era conocido como la chorda Achillis.

Este origen común y el creciente desconocimiento de la cultura clásica es la causa de que algunos confundan el talón con el tendón:
"El tendón de Aquiles de la metodología (...) es, para ella, el ignorar la amplitud de la sustituibilidad de determinados niveles de educación, en el mercado de trabajo”. (Pablo Latapí, Las necesidades del sistema educativo nacional [La sociedad mexicana: presente y futuro], 1971).

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Tener ínfulas

Tener ínfulas o darse ínfulas es 'presumir injustificadamente', 'darse importancia', 'darse humos o vuelos'; supone 'ser una persona fatua, pretenciosa, engreída...'
Según el Diccionario de la Real Academia ínfulas significa (en plural) 'vanidad pretenciosa', (en ediciones anteriores como 'presunción o vanidad'). Y María Moliner completa el significado de ínfulas como 'orgullo o presunción; actitud de exigir obediencia, acatamiento, respeto, etc. a los que no se tiene derecho, o exagerados'. En definitiva, tiene ínfulas quien muestra un aire de superioridad y ostenta más importancia de la que en verdad le corresponde.

Originariamente una ínfula era la tira de lana con que se ceñían la cabeza los sacerdotes de algunas religiones antiguas. a veces también la lucían los reyes dejando caer los extremos a los lados. Las ínfulas formaban una especie de rosario con copos de lana blancos y rojos, y el número y longitud de estos dependían de la jerarquía y dignidad.

La Iglesia tomó este símbolo y lo adaptó en las mitras de los obispos y en la tiara papal: son las dos cintas anchas que cuelgan en su parte posterior.

De ahí pasó a usarse con sentido figurado e irónico, para referirse a los vanidosos: tendrían muchas ínfulas, porque no conformarían con las dos que lucen los obispos.

Generalmente se aplica a las personas, y suele ser motivo para ridiculizarlas:
Dice Manuel Lanz de Casafonda, en sus Diálogos de Chindulza: sobre el estado de la cultura española en el reinado de Fernando VI, que “siempre es una irracionalidad el tener por hábil al que dos días antes tenían por inepto, sin haber otra novedad que la mudanza del traje y las ínfulas de colegial”.
No me hable usted de ese estafador -exclamó doña Ángela perdiendo otra vez la calma al oír ese nombre-. Con todo su apellido y sus ínfulas vive pidiendo dinero prestado y engañando a la gente... (La babosa, de Gabriel Casaccia).
Pero no es extraño encontrar la palabra ínfulas, con el mismo sentido despectivo, atribuida a lugares o países:
En Desde mi celda, Bécquer dice que “Tudela es un pueblo grande, con ínfulas de ciudad”.

También aparece excepcionalmente en singular con el significado 'vanidad o presunción':
En en el periódico El Mundo, Antonio Burgos escribió en 1996: “España entera es más tercermundista de lo que aparenta tanta ínfula europea”.
Y en un artículo del Listín diario dominicano: “Quienes con altivez pasean su poder sobre los que aparentan más débiles y desarmados, verán en algún momento caer tanta ínfula. La soberbia, la arrogancia y peor aún, la perversidad corroen el alma, van destruyendo el corazón [...]"
Por tratarse de una palabra poco utilizada y cuyo significado original es bastante desconocido, algunos hablantes dicen “tener muchas ínsulas”. En este caso, la etimología popular parece relacionar la expresión con el episodio de El Quijote en que Sancho Panza es nombrado gobernador de la Ínsula Barataria por los duques de Villahermosa, para someterlo a burlas.

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Convidado de piedra.

El convidado de piedra es quien, en una reunión, no interviene en ella y pasa desapercibido o es ignorado por los anfitriones. En las negociaciones, se dice frecuentemente de quien es invitado por compromiso, pero no es tenida en cuenta su opinión.

El Diccionario de la Real Academia Española dice que la expresión alude a una obra de teatro de Tirso de Molina titulada El burlador de Sevilla y convidado de piedra. No obstante, el autor recogía una expresión que ya tenía tradición en relatos orales, en los que un burlón invitaba a una calavera o a una estatua.
En la obra de Tirso, don Juan se burla ante la tumba de don Gonzalo de Ulloa, Comendador de Calatrava, a quien había asesinado, y lo invita a cenar en la figura de su estatua. Ante el asombro de don Juan, se presenta la estatua viva de don Gonzalo.
José Zorrilla recupera el tema en los dos últimos actos de Don Juan Tenorio.

Esta es una de tantas expresiones comunes que tienen su origen en la literatura; pero hay que señalar que se ha tomado con el sentido contrario a lo que ocurre en las obras literarias, en las cuales los convidados tienen especial relieve dramático, no son mudas ni inmóviles, desafían a don Juan y lo matan.

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