Lenguaje y sexo. Diferencias lingüísticas entre hombres y mujeres

¿Hay diferencias entre el lenguaje de los hombres y el de las mujeres? Aunque a veces se dice que pueden llegar a hablar idiomas distintos, en general, sólo hay diferencias de estilo y las características fonéticas constituyen la única evidencia de la identidad sexual del hablante.
No obstante, en algunas lenguas (japonés, lenguas tai, caribe, yana, chucoto) hay estilos de habla aprendidos que utilizan los hablantes en función de su sexo. En unos casos, son diferencias de pronunciación, gramaticales o léxicas; en otros, afectan al contexto en que se utiliza la lengua. En algunas culturas existen, incluso, lenguajes propiamente femeninos (por ejemplo, el nüshu).

En la lengua española, como sistema, no hay formas gramaticales, léxicas ni modelos de pronunciación propios de uno u otro sexo; pero sí diferencias de frecuencia de utilización. Son características de estilo que se consideran manifestaciones de la posición social de cada sexo. Las principales diferencias se producen en el nivel fonético, en la utilización del léxico y en las estrategias de conversación.

El conjunto de cualidades fónicas, elementos paralingüísticos, es lo primero que nos permite diferenciar el habla de los hombres y de las mujeres; pero sólo pueden apreciarse en el lenguaje oral. Las mujeres tienen un timbre de voz más agudo, su acento rítmico es más marcado y suelen emplear una mayor variación de tonos y de intensidad.

Su pronunciación, aparte de más suave y armoniosa, tiende a ser conservadora de la norma y menos innovadora que la de los hombres.

En el plano léxico, hay palabras que son más usadas por hombres o por mujeres. Esto suele responder a los temas de interés de cada sexo, que vienen determinados por el entorno social: los hombres suelen tener mayor riqueza léxica para referirse a temas de trabajo, dinero, política, deporte, sexo, coches... mientras que las mujeres la tienen para los de familia, sentimientos, casa, ropa y calzado, enfermedades... Otras diferencias de utilización del léxico se deben a que las mujeres suelen preferir las variantes léxicas que escuchan a quienes tienen un nivel cultural y social superior al suyo, porque tratan de buscar el reconocimiento social frente al estatus masculino. Los hombres, desde este presunto estatus, pueden permitirse y atribuirse, por prestigio encubierto, el uso de palabras vulgares, groseras, de argot o blasfemias, a la vez que se prohíben el uso de ciertos eufemismos (mecachis, jolines, ostras...) y formas infantiles o cursis que las mujeres pueden emplear en ciertos contextos (mono por ‘guapo’, cielo como apelativo cariñoso, bibi por ‘biberón’, tete por ‘chupete’...)

En el uso de los adjetivos y determinantes sí parece haber notables diferencias.
Las mujeres manifiestan una mayor emotividad, por lo que suelen usar adjetivos, adverbios y sufijos o prefijos con carga expresiva y preferir los de semántica positiva (bueno, malo, precioso, estupendo, horrible, fatal, maravilloso, tan, muy, bastante, demasiado, -ísimo, super-, hiper-, requete- ...) Por la misma razón, usan más adjetivos calificativos, los anteponen al sustantivo más frecuentemente que los hombres y tienden a asignarlos a las personas y al ámbito personal. A menudo, utilizan los diminutivos y aumentativos con valor expresivo (grandote, grandón, grandecito...).
Los hombres califican con menos expresividad y con adjetivos más neutros: calificativos de tamaño (grande, pequeño, alto, bajo...) o que destacan aspectos negativos (malo, pobre, lento...) y numerales que indican cantidad. La apariencia de objetividad también se manifiesta en el uso de los calificativos pospuestos y de los relativos con oraciones subordinadas, aplicados más a las cosas que a las personas. Los diminutivos y aumentativos no suelen ser muy abundantes y, cuando aparecen, son menos expresivos que en el habla de las mujeres.

En cuanto a las estrategias de conversación, las mujeres utilizan más fórmulas de cortesía y más formales que los hombres, hacen más preguntas y emplean más exclamaciones y vocativos cariñosos, a la vez que intercalan palabras de apoyo y risas o gestos de asentimiento; si son interrumpidas, frecuentemente retoman la conversación asumiendo las palabras del otro. Si a ello se suma que los temas se tratan a menudo desde la perspectiva personal, parece normal que prefieran las conversaciones en grupos pequeños.
La conversación de los hombres puede considerarse más directa y fría, porque se centran en lo que apoya la función representativa del lenguaje y marginan, por irrelevante, lo encaminado a lo expresivo o fático: interesan los hechos, los datos y su valoración. Por esto, reducen las frases de cortesía a las mínimas exigidas por las normas sociales y utilizan más variantes informales. No dicen muchos cumplidos ni alabanzas porque tienen asumido que se reciben con recelo y pueden esconder segundas intenciones; tampoco intercalan demasiadas exclamaciones o palabras de apoyo mientras escuchan, pero interrumpen, afirman y opinan de forma tajante e incluso aconsejan y dan órdenes directas con más frecuencia que las mujeres. Para no manifestar inseguridad, tratan de evitar las preguntas al interlocutor y el reconocimiento de sus palabras; incluso la respuesta puede expresar desacuerdo o dudas sobre las opiniones del otro, y frecuentemente se llega a la critica, burla o insulto. En ambientes masculinizados, esto no sólo no crea conflictos personales graves, sino que constituye un recurso para reforzar la relación amistosa o profesional.

El significado de los silencios es diferente para hombres y mujeres: mientras que para ellos puede ser una situación normal, para ellas puede suponer una situación incómoda o un síntoma de conflicto.

En los últimos años, los cambios sociales están afectando a algunos de los rasgos que se han venido detallando en este artículo.
Esto es más evidente en lo referido al léxico y a algunas estrategias de conversación. Por una parte, la incorporación de las mujeres a la vida laboral y la ocupación de puestos de trabajo considerados tradicionalmente masculinos y, por otra, consecuencia de lo anterior, que los hombres vayan asumiendo tareas y responsabilidades familiares y domésticas, ha hecho que los hablantes tengan que recurrir a léxico que antes se consideraba propio del otro sexo. En la vida profesional, las mujeres están asumiendo estrategias masculinas, porque son consideradas más eficientes, y restringen los rasgos que manifiestan más subjetividad y emotividad.

Estos cambios sociales también se manifiestan en el respeto de las normas.
Las mujeres tienden a un lenguaje más acorde con la norma, o conservador, que los hombres. Antes solía explicarse, sobre todo en las zonas rurales, por su tradicional sedentarismo y permanencia en el pueblo, mientras que los hombres salían por motivos de trabajo o del servicio militar e importaban nuevos hábitos lingüísticos. Si actualmente las mujeres siguen respetando en mayor medida la norma y prefiriendo las variantes conservadoras de prestigio, se debe a que la educación, formal e informal, mantiene la tendencia de que las mujeres deben ser más refinadas, tanto en su comportamiento y modales como en su forma de hablar. No obstante, entre algunas mujeres muy jóvenes, la reacción contra esto les lleva a imitar exageradamente los rasgos masculinos más llamativos: uso de palabras groseras, escatológicas o de argot, hablar con voz fuerte o hacer afirmaciones muy directas.

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