Símbolos del estatus social

Aunque estatus significa posición que una persona ocupa en la sociedad o dentro de un grupo social, lo más frecuente es que sólo se aplique a posiciones sociales valoradas. Por esta razón suele hablarse de exhibir el estatus, pero no de ocultarlo.

Se exhibe, a través de múltiples y sutiles formas que pretenden el apoyo de los iguales, pero tratan de evitar la hostilidad de los envidiosos. Suele hacerse a través de complejas combinaciones de símbolos que, además de representar el estatus pretende encauzar la opinión de los otros para obtener beneficios y tratamiento especial y para tratar de dominar a los que tienen una posición social inferior.

Los símbolos de estatus, al ser distintos de lo que representan y estar separados de ello, pueden ser usurpados o utilizados fraudulentamente por quien no pertenece a un determinado nivel: por esta razón, de forma aislada, no dicen mucho sobre la posición de una persona y sólo adquieren verdadera expresión de estatus cuando se combinan entre sí. P
La exhibición del estatus se hace a través de combinaciones de símbolos de poder económico, de relaciones sociales y de refinamiento de la conducta. Quienes están en la cúspide son los más interesados en conservar la situación de privilegio y dominio que confiere el estatus social, pero es inevitable, en nuestra sociedad, una cierta movilidad social. Esta dialéctica hace que la clase ascendente en términos de riqueza y de poder tarde tiempo en adquirir prestigio social, por falta de algunos símbolos, y que quienes ha perdido recientemente la riqueza y el poder puedan retrasar su desprestigio social, porque conservan símbolos que no exigen gasto de dinero.

La clase ascendente puede adquirir rápidamente los símbolos que se compran (coches lujosos, grandes casas, joyas, ropa cara, cuadros de grandes artistas...), pero le faltan símbolos basados en el refinamiento y la socialización con la clase alta. Su familia y sus amigos no están en ella, Su conducta no está acorde con el refinamiento que valora esta clase en cuanto a vestido, comportamiento, etiqueta, entonación, vocabulario o gestos del cuerpo, ni suelen tener aficiones y gustos que han exigido mucho tiempo: música, arte, idiomas... Incluso los símbolos costosos que compran delatan su origen, porque no son capaces de percibir los pequeños detalles, a menudo sin gran valor económico, que diferencian a los coches, las casas, las joyas y la ropa de la tradicional clase alta, los cuadros no están seleccionados con criterio...
La misma apariencia física indica estatus social, porque refleja su estilo de vida anterior: el entorno, la dieta y el trabajo dejan huellas que no pueden borrarse fácilmente.

En cambio, las clases en decadencia económica y de poder que no pueden acceder a los nuevos símbolos de estatus o, incluso, tienen que prescindir de ellos por dificultades de dinero. Para retrasar su desprestigio, se refugian en los símbolos que no suponen un gasto: sus apellidos y largo linaje, los antiguos recuerdos de tiempos gloriosos y los objetos antiguos, los modales refinados... Al no poder actualizar sus símbolos económicos, estos quedan pasados de moda, que sus dueños tratan de justificar con un afectado refinamiento. En esta actitud está el origen de las palabras decadentismo y decadente. Es una actitud similar a la de los nuevos ricos: tratan de suplir sus carencias con una sobrevaloración de que poseen, lo que hace que esos símbolos vayan perdiendo importancia para los que aúnan dinero, poder político o social y refinamiento: los que tienen verdadero prestigio y el más elevado estatus.

Todo ello es fruto de la mala sintaxis de los símbolos prestigiosos. Si no hay una combinación consecuente de los símbolos que indican y confieren estatus y posición social, la persona queda delatada como “un nuevo rico” o “uno venido a menos”, expresiones que encierran una contradictoria actitud de envidia y desprecio por parte del resto de grupos sociales.

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