Álgido: el proceso desde ‘frío’ a ‘culminante’.

Durante años, el uso general de álgido ha contradicho la norma académica. Ésta decía que significaba ‘frío’, como la palabra latina de la que procede, pero la mayoría de los hablantes siempre la han empleado para referirse al momento o período ‘culminante o crítico’ de un proceso. Como hemos dicho en un artículo anterior, actualmente ya está resuelta la contradicción.

¿Cuál ha sido la historia de la palabra álgido en español?
Antes del primer tercio del siglo XIX, no pertenecía a la lengua común y sólo excepcionalmente la encontramos, como creación poética, en composiciones de marcado estilo cultista:

“Donde con nombre digno de Victoria / en los álgidos senos no hay ninguno / sin viva luz de su farol ardiente” (Conde de Villamediana, “A la nave Victoria que, después de muchas borrascas, flotando segura, llegó a puerto”, 1599-1622).
“Ya los recibe el mar; la virgen treme / y al juvenco los álgidos undosos / piélagos hace duro amor que reme.” (L. Fernández de Moratín, Poesías completas, 1778-1822).
El que la Academia no la incluya en sus primeros diccionarios hace suponer que no la consideraba palabra propia del español, sino creación poética.
La verdadera aparición del adjetivo álgido está ligada a la llegada del cólera. Esta enfermedad, endémica en la India, no se había conocido en Europa hasta 1817, cuando los desplazamientos de las tropas inglesas propagaron una epidemia que llegó en 1823 hasta el Mar Caspio, donde se detuvo. Desde 1820 encontramos descrita la enfermedad en artículos de médicos franceses. Estos son los primeros en recurrir al término latino algidus para crear, en su lengua, el tecnicismo algide, que denominará el período de evolución de la enfermedad en el que el enfermo experimenta una intensa sensación de frío. Esto explica que no aparezca algide en el Dictionnaire de L'Académie française hasta su octava edición, de 1832-35, en la que se define como propia de la medicina: “Qui fait éprouver ou dans lequel on éprouve une sensation de froid glacial. Fièvre algide. La période algide du choléra morbus”.

Una segunda pandemia de cólera (1828-38) se extendió desde Bengala al Cáucaso, y desde las grandes ciudades rusas alcanzó Inglaterra y Francia en 1832. En España, los primeros casos se dieron en Vigo, durante la primavera de 1833, aunque las mayores consecuencias fueron sufridas en 1834 por la clase baja madrileña. Es entonces cuando los médicos españoles empiezan a prestar atención a la enfermedad y estudian los trabajos publicados en Francia desde la década anterior. Estos fueron las principales fuentes de autoridad para nuevos artículos e investigaciones e introdujeron en nuestra lengua el término álgido, como una castellanización del francés algide y con idéntico sentido al ofrecido por el Dictionnaire de L'Académie française.
Aunque no había unanimidad a la hora de establecer el número de períodos o fases del cólera, la mayoría de los científicos describían un período que “han llamado álgido los autores, sin duda por la extraordinaria frialdad que presenta la piel de los enfermos” [1], y situado entre los períodos de invasión y de reacción, “constituye en efecto el mayor grado de mal y el máximum del peligro para la vida del enfermo” [2].
Muy pronto el término álgido superó el ámbito médico, y empezó a usarse para referirse a los períodos o momentos culminantes, máximos o críticos de un proceso:
“La bella inconstante tocaba al apogeo de la dicha, porque se hallaba en el período álgido de su nueva pasión, y era aquélla la primera cita a que asistía el amante por quien entonces deliraba.” (Gertrudis Gómez de Avellaneda, El cacique de Turmequé. Leyenda americana, Cuba, 1860).
“La victoria fue costosa porque los franceses eran todavía hijos de la pasión, Francia se hallaba en el período álgido de su calentura y llevaba hasta el delirio las exageraciones de su escuela...”; “Desoyendo la voz de las pasiones políticas, y sin detenernos a juzgar la revolución francesa en su período álgido”... (Francisco Villamartín, Nociones del arte militar, 1862).
“Nunca estuvo más cerca el triunfo de la causa del regente que personificaba la libertad que cuando la insurrección había invadido la Península, cuando se hallaba en su mayor apogeo, cuando la calentura insurreccional estaba en su período álgido” (Antonio Pirala, Historia de la guerra civil y de los partidos liberal y carlista, 1868)
Los motivos de esta rápida ampliación del significado fueron:
1- El período álgido de la enfermedad era el de máxima gravedad en su evolución, a partir del cual sólo era posible la recuperación o la muerte.
2- Como señaló Dámaso Alonso, en su obra Poesía española. Ensayo de métodos y límites estilísticos. (...), nuestra lengua suele asociar palabras esdrújulas a conceptos superlativos y, para lograrlo, puede llegar a modificar el significado original (como en el caso de álgido) o la acentuación etimológica (vértigo, impúdico, médula).
3- Pío Baroja, que era médico, aventuró la posibilidad de que influyera la palabra algia (del griego algos, ‘dolor’), empleada con frecuencia en Medicina, para llamar álgido al período más grave de una enfermedad y, por extensión, de cualquier suceso o acontecimiento. [3]
4- La mayoría de los primeros ejemplos de algido, como ‘culminante’, se encuentran en textos de tema histórico. Esto podría significar que el referente clásico del monte Álgido, contribuyó a reforzar la idea de ‘culmen, cumbre’, a partir de la metáfora conceptual que considera la evolución de la enfermedad y el proceso febril como una ascensión hasta la máxima gravedad seguida de una bajada o recuperación.
Cuando el Diccionario de la Real Academia Española incluye, por primera vez, en 1869, la palabra álgido, ofrece una definición tomada descaradamente del diccionario francés, limitada al campo de la Medicina: “ALGIDO, DA. Adj. Med. Lo que produce un frío excesivo, glacial; así se dice: fiebre álgida, período álgido del cólera”. Esta copia de la definición francesa, que no recoge las acepciones de ‘frío’ (significado original en latín y con uso poético anterior) ni de ‘culminante’ (existente ya para entonces en español), suponía un reconocimiento implícito de que la palabra había llegado a nuestra lengua procedente del francés.
Según el CORDE, con el sentido de ‘culminante’ siguió apareciendo en autores de prestigio: Bécquer (1870), Mesonero Romanos (1880-81), Pardo Bazán (1886), Eduardo Acevedo Díaz (Uruguay, 1886), Felipe Trigo (1914), Ortega y Gasset (1916), Rosa Chacel (1930), Jardiel Poncela (1931), etc. aunque otros, como Pérez Galdós, consideraban afectado y presuntuoso el empleo de álgido fuera del ámbito médico: “habíamos llegado al período álgido del incendio, como decía Aparisi” (Fortunata y Jacinta, 1885-87); “Las Águilas entraban en lo que Torquemada, metido a hombre fino, habría llamado el período álgido de la pobreza” (“Torquemada en la Cruz, 1893).
Aunque la censura de los puristas, se basa en que el verdadero significado de la palabra es ‘muy frío’, la Academia recogió antes la acepción de ‘culminante’ (aunque fuera para censurarla). Sobre el uso condenado, en el Diccionario Manual de 1927 incluyó la observación: “Es disparate usarlo por ardiente o acalorado, en frases como La discusión ha llegado a su período álgido” y en el Diccionario Histórico de 1933, una tercera acepción: “barb. Culminante, efervescente”, que es una definición más correcta, porque creemos que álgido rara vez ha tenido el significado de ‘ardiente’, aunque no puede negarse que en numerosos ejemplos aparece acompañado de términos que significan o connotan calor: pasión, delirio, calentura insurreccional, romanticismo... José María de Pereda sí le dio el sentido de ‘caliente, en celo’: “El tercero era celoso, como una bestia en sus períodos álgidos” (El buey suelto, 1878).
La acepción de ‘muy frío’ no se mencionó hasta el Diccionario Histórico de 1933 y fue incluida a partir del Diccionario Usual de 1936. En ello influyó, sin duda, la reaparición del término en la poesía culta de la Generación del 27:
“¡Gélidos desposorios submarinos, / (...) mi sirena, / surcaré atado a los cabellos finos / y verdes de tu álgida melena.” (Rafael Alberti, Marinero en tierra, 1925).
“Bien puedes besarme aquí / faro, farol, farolera, / la más álgida que vi (...) gélida novia lunera” Rafael Alberti, (“El farolero y su novia”, El alba del alhelí. 1927).
“Una pirámide linguada / de masa torva y fría / se alza, pide, / se hunde luego (...) Las duras / contracciones enseñan / músculos emergidos, redondos bultos, / álgidos despidos”. (Vicente Aleixandre, Ámbito, 1928).
“...despiertan de las álgidas, esquivas, dríadas del rocío, / de la escarcha y relente...” (Rafael Alberti, Cal y canto, 1929).
Aunque el significado de ‘frío’ para álgido es casi exclusivamente poético, la Academia no ha incluido la marca de este uso, que sí hace en la palabra algente, de igual raíz etimológica y significado.
A pesar de todas las condenas, en la lengua común, ‘culminante’ siguió siendo la acepción más frecuente y casi exclusiva, hasta el punto de que algunos diccionarios la consideran la primera de la palabra (Diccionario Manual de la Lengua Española. Vox. 2007. Larousse Editorial).
La Real Academia Española terminó dando entrada a esta acepción, como sentido figurado, en su Diccionario Manual de 1983: “fig. Dícese del momento o período crítico o culminante de algunos procesos orgánicos, físicos, políticos, sociales, etc.” aunque María Moliner, en la segunda edición de su “Diccionario de Uso del español” de 1988, seguía condenándolo un empleo impropio “en el lenguaje vulgar, incluso de los médicos”.
A partir de la edición de 2001, en el Diccionario de la Real Academia Española se ha eliminado la marca de sentido figurado.


[1] “Sobre la epidemia reinante en Madrid”, Boletín de Medicina, Cirugía y Farmacia, Sociedad Médica Oficial de Socorros Mutuos, nº 11, 14 de agosto de 1834, pág. 21.
[2] Gaceta Médica de los Progresos de la Medicina, Cirugía, Farmacia y Ciencias Auxiliares, nº 210, 3 de octubre de 1850, pág. 323)
[3] Pío Baroja, Desde la última vuelta del camino. Memorias, 1944-49

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